domingo, 27 de julio de 2008

6. MARATÓN EN COMPÁS DE TANGO

HAY UN TANGO metido dentro de mí.
Tango vivo y vital de cuando mi madre lo echaba al aire fatigoso de la pieza de costuras para orearlo y bailarlo con el alma.
Secreto yo, pero cierto y latente en ella, voy a bordo de sus 20 años en flor recién abiertos. Y el tango a medio volumen vuela desde la victrola de la abuela. A veces él, arrabalero y sentimental, llora largo como ella lloraba de ausencias irreparables, a veces canta como cuando ella cantaba, ufana y maliciosa, meciéndose y tejiendo horas en brazos del vaivén de la silla balancín bajo el tilo maduro de abril, a la siga de un nombre para él, que estaba allí en el aguamarina de su vientre, yo.
En ese tango, ciertas notas presumen virtuosismo guitarrero bacán y compadrito argentino. Otras, son las notas inefables del corazón bombeando en dos pechos, el de ella y el mío. Hay en su cadencia, excitaciones y ofrecimientos de seda, en especial cuando he bebido vino. Hay canto arrabalero de ebriedades y amistades, de tragedias y tragicomedias transitorias. Pero es constante su ritmo de dos cuartos que late en contrapunto. La sensación persistente de despedida. El vaivén de nostalgias porteñas y amor almibarado. Ya lo saben. Es “La Cumparsita”.
Son los latidos míos, esas goteras melancólicas en el charco de junto a la ventana de la cocina. Es el martinete del picapalos en el eco transparente del río San Pedro en verano. Son los latidos que me empezaron a inquietar aún antes de nacer.
Era el 25 de diciembre, ayer. Hoy es 26, y yo, 85 años, tatarabuelo ya, me preparo a llegar a la meta de mi maratón existencial y los latidos, lentos y silenciándose, marcan mis días, los postreros. El ritmo vetusto pero eterno del bandoneón trasandino me llora por anticipado. Pero también grita del júbilo de lo que pasó por dentro modelándome en barro humano.
En Marzo de 1948, en las Olimpiadas de Londres, nadie pudo evitar que se hable de Rosales. Juan Crisóstomo Wolfgang Rosales. Yo. Corredor de distancias largas, perdedor en la maratón de ese año. Al partir y durante veinte kilómetros iba primero. Entonces traté de acompasar el tranco al ritmo de mi corazón. Latido. Un golpe de talón izquierdo. Latido. Un golpe de talón derecho. Latido. Un recuerdo que estalla en aplausos de la gente anónima que mira desde el borde de las calles y te aviva con banderas y te regala botellitas de agua fresca. Latido...
Cuando niño, suelto en las pampas de Paillaco, allá atrás junto a los suaves faldeos del cerro “Los Tallos”, en los verdes potreros de Rademacher, corría con el corazón loco de los doce, trece, catorce, quince años. Y los latidos del corazón estaban ahí, acompasados, suaves, subiéndose a la boca, marcándome las horas, segundo a segundo, dándome ímpetus para vivir. Estaba el tango también, en su pizzicato de gotas ágiles y dulceácidas, en su piano dúctil y su preludio de aliento largo, dando alas a mis pies.
–Madre, cuando corro, mi pecho es un tambor que marca un ritmo. Si acelero, mi corazón acelera. Si voy lento, lento va mi corazón.
–El corazón es como el mundo, hijo. El mundo late en las estaciones. En las máquinas. En el reloj de la lluvia y en los truenos. El corazón es como la vida.
–Es cómo La Cumparsita, madre– le digo. Pero ella sólo me responde con rubor y como sin entender.
Cuando Zatopek, el checo, pasó por mi lado, lo vi con el rabillo del ojo, pero no pude seguirlo, estaba siguiendo a mi corazón.
Muy niño, cuando mi madre me daba su teta redondita y tibia, me embelesaba chupando cadencioso y el martilleo de lana y seda de adentro parecía adormilarse en la medida de saciarme el hambre y la sed.
Poeta anónimo de las estaciones, que en Paillaco me rodeaban de ritmos..., la lluvia, siempre latiendo sobre las latas de zinc, las hojas amarillas escribiendo deseos que se pudrían en las calles del otoño, el polvo viejo y pegajoso del verano y siempre, siempre verde y de pájaros cantores, la primavera.
En la Escuela estarán los muchachos de ahora sin saber de mi existencia. No fui la gloria que pude ser para la nación. A pesar de haber entrenado años, en los cuales los latidos me enseñaron a triunfar. ¡Quién no confía en su corazón! Y yo confié.
–Gloria, te amo– le dije a mi primera novia. Y mi corazón golpeó su tambor de espuma.
–Gloria, te odio– le dije la última vez del verano del 46 y mi tambor rojo del pecho se batió con lerda tristeza.
–Ganaré en Londres– me dije, cuando la Asociación me invitó y vinieron los delegados a la casa a decírselo a mi padre.
En la larga avenida londinense había automóviles lentos y negros. Era la ciudad y su parsimonia. Era el latido de la industria de aceros y músculos. Era el hollín pintando acuarelas grises en la memoria. El Puente de Londres estaba allá entre esa niebla. El Big–Ben latía en consonancia conmigo. Entonces, en medio de la lluvia, me puse a correr como loco a cuatro pasos por latido. Era hermoso correr, confiando en que el gran reloj me marcaba el paso correcto ante el terco silencio de mi propio latido.
–Gloria, te amo, te he amado siempre– le dije a mi esposa al desposarla a los veinte años, antes de saber que iría a Londres.
–Te sigo amando –la sorprendí al volver.
Cuántos sueños había colgando de las paredes en esos cuadros que pintó mi madre. Cuántos latidos del corazón de mi padre al contemplarla, silencioso, mientras ella los pintaba. Mi madre, lavandera y costurerita, pero más que nada artista, limpiándose las manos en su delantal azul, mi padre jornalero allá donde Rademacher, mirándola entre ladino y tímido.
Al nacer ya era experto en sentir mi corazón. Éste tenía un sitio entre los agujeros de adentro del pecho, debajo de las costillas. Y cantaba como gorrión si yo lloraba. Y como gorrión se dormía en el nido de sus propias melodías trinadas en las tardes de ese primer invierno, de cuando recién vine al mundo y en la melodía repetitiva de “La Cumparsita”.
La alegría es como esas tardes de arco iris y tregua. Como la nevada específica y singular del día de mi nacimiento. Envuelto en pañales de bolsa harinera y dormitando con ojos vigías en el regazo de mi madre, satisfecho y tibio, latiendo adormilado. La alegría es como cuando llueve sobre las latas de la cocina y nadie habla, sólo beben café oscuro y comen tortillas con manteca los comensales en invierno. Siete hijos, catorce nietos, veintiocho bisnietos, un tataranieto han pasado por esa cocina. Han comido del cerdo blanco engordado con papas, manzanas agrias y suave afrecho. Con igual o distinta emoción han mirado el cuadro donde unos segadores siegan y unas mujeres atan las gavillas en el ocre estío imaginado por el corazón sensible de mi madre. Cómo sería la alegría de esos latidos, tocando al compás de una ciudad que envejece con sus árboles y sus cementerios y rejuvenece en sus plazuelas de juego y patios de la escuela, incendiada en los años cuarenta y reconstruida en cemento perenne. Yo digo que la alegría es como una pequeña orquesta para un baile de novios. Strauss. El Vals primero. Un tango de antaño en compás de corazón malevo. La alegría curiosa, promisoria, semi-ebria de los primeros deseos. Luego, al compás de los años, la alegría que se templa de solazarse en el hábito. Que finalmente habita en un rincón chiquito del mes aniversario. Menstrúan las niñas en el temor de los diez años. Y hay alegría en los relojes de pared dando el mediodía de esas muchachas. Se miran sorprendidos en los espejos matinales los niños, se sorprenden feos llorando y dejan definitivamente de llorar.
Despierto yo de percusiones iterativas del pecho. Dejo de soñar y empiezo a vivir. Pero siempre miro atrás por el espejo. Se nublan las miradas de las señoras de cuarenta, tratando de verse de veinte y sólo quedan viéndose de papel ajado, de seda vieja. Se van borrando discretos los caballeros de las tertulias y los devaneos. Comienzan a ofrendar a lunas más próximas, a dioses menos frágiles. Pero cuando late el sol en su dominio de luz y magia, hay alegría en mí. Han pasado por mí maratones y tangos. Han sudado los mares y las lluvias que me lavaron de la juventud sin borrarla en su arena huidiza. Yo, que tengo ochenta y cinco y que cuando tenía veintidós, olvidé ganar la maratón.
Gané muchas maratones y otras carreras de fondo en mi querido sur. Gané todas las veces que acompasé mi corazón, por sobre los dilemas e indecisiones de mi cabeza. Gané en las competencias de música porque reconocía los ritmos. Gané en la competencia de matemáticas del 44 porque la matemática es rítmica. Gané en el gran Santiago el pase para las olimpiadas. En esa alameda de álamos en que se podía correr al lado de los tranvías y había transeúntes para mirarte y novias de sueños reales aguardando. Corrí en la pista de ceniza del Estadio Nacional hasta hollarla. Corrí hasta Maipú en madrugadas gélidas y arranques vespertinos. Corrí en ritmo de latidos y baile. Pero no aprendí lo suficiente para el gran evento. Yo creí que el ritmo lo era todo. Cuando salí de allí, del Wembley Stadium, solo y acongojado, me di cuenta que algo faltaba. Yo, que vi sonreír a la abuela en su muerte, no supe ver lo obvio de la aparente similitud de dos caminos: en uno latiendo mi corazón, en el otro un reloj, el “Big–Ben”. Ahora que estoy a punto de llegar en esta maratón de existir me doy cuenta de qué es lo que me faltó entender en la vida. Lo obvio me lo trae al oído “La Cumparsita”, bailando en solitarios círculos en el tocadiscos, en ése su ritmo sincopado de lamento perpetuo. Comprendo que esta maratón es como las otras, una serie de intentos por llegar a algún lado, un deseo magnánimo de ser, tal vez un albur, un designio caprichoso de los sueños de algún dios. La cuenta regresiva que ya empieza es entonces la fusión de lo que quise ser con lo que verdaderamente fui, es la suma de mis mejores bríos por ganar sin perder el tranco, la compostura, ni el deseo; yo dibujé un círculo por toda la tierra con esos trancos y éste es cerrado ahora por el acompasado e irrevocable tam– tam de mis latidos últimos. Se aparejan en la meta las zancadas de mi alma con las de mi corazón, las de mi carne con las de mis huesos, las tenues y armoniosas de mi madre con las procaces e irregulares mías, las de los hombres que quise ser con las del único y eterno que por fin soy... Nueve... Ocho... Siete...

***

N. del Autor: Emil Zatopek no ganó la maratón de Londres. Tampoco participó en ella. Juan Crisóstomo Wolfgang Rosales ganó, pero fue descalificado por haber tomado un atajo para pasar frente al Big–Ben, aumentando el trecho en 375 metros.

7. EL RELOJ DE PÉNDULO

LA ESCALERA tenía peldaños irregulares, la puerta se abría hacia adentro. Había un reloj de péndulo inmóvil, a la izquierda de la puerta, saliendo, bajo la luz de una ampolleta de 25 watts.
A las ocho de la mañana bajaba don Eliecer, en bata de levantarse; a las ocho y tres bajaba los 14 escalones Natividad con las dos cafeteras –una, la grande, en la mano izquierda; la otra, la más pequeña, en la derecha– con la leche y el agua calientes.
El reloj tocó la última vez en 1960, a las tres de la tarde y diez minutos del 22 de mayo. La escalera era de peldaños iguales hasta las tres y diez de la tarde de ese día. La luz fue colocada en 1961, cuando a don Eliecer le entró la sospecha de que doña Amanda podría volver y la certeza de que no habría más réplicas del terremoto.
Un poco hacia la derecha y debajo de donde está la ampolleta, había un cuadro en el cual una mujer joven, vestida con un sayo de color marrón, acaricia un perro que airea la lengua desaprensivo y mueve la cola. Lo recuerdo. Yo era niño.
Los que habitamos esta casa son don Eliecer, el dueño de la casa; Natividad, que viene de por donde está el cementerio del pueblo y hace casi veinticinco años que no ha dejado de venir ningún día a ayudar en las cosas de la cocina y otras propias del día; yo, que dicen que vine porque doña Amanda me trajo, no sé de dónde ni a qué. Tú, el cuidador o algo así. Y la ausencia irrevocable de doña Amanda disfrazada de porfiada existencia.
La gotera vino a rebalsar el vaso. Don Eliecer la vio venir creciendo desde la mancha marrón en el cielo raso y alcanzó a pensar en que sabía que tenía que ocurrir. Hace 20 años casi exactos que doña Amanda se fue y nunca más, como todos los veranos cuando ella estaba de cuerpo presente, había vuelto él a subir al techo a golpear los clavos y ponerle brea a los huecos en las latas, arreglar la antena de la radio y limpiar las canaletas, exactamente en ese mismo orden. La primera gotera cayó en el centro del primer escalón y luego comenzó a crecer una mancha mojada que fue desparramándose hacia abajo, siguiendo la inclinación del peldaño.
Son las ocho cinco.
–¿Las ocho cinco? –se fija don Eliecer en su reloj pulsera, sorprendido de no oír los pasos de Natividad siempre bajando a las ocho tres, sorprendido de la gotera, sorprendido de que son veinte años perdidos esperando que algo suceda para que su casa, esa casa otrora la más nueva y cuidada del pueblo, vuelva a ser la que era antes del terremoto, esperando que doña Amanda regrese.
A las ocho diez me ve por el espejito y me dice en tono calmado que vaya a ver qué pasa con el desayuno, mientras sigue mirándose y alisándose el bigotillo, el cual le parece súbitamente lacio y blanco amarillento.
Como todos los días a las ocho cinco, yo apagaba la luz en el interruptor de detrás de la puerta; desde que él me ordenara, un día ya olvidado, que eso tendría que hacer siempre a esa hora. Esta vez la paso a apagar algo urgido por la orden de ir al segundo piso, pero don Eliecer me pide que la encienda de nuevo porque “está tan oscuro aquí”, dice.
Subo pensando en el cuadro aquel y dónde estaría desde el día en que desapareció. Tú sabes, doña Amanda lo hizo de un calendario, y le puso el marco del espejo que se quebró alguna vez que yo no sé y tenía especial cuidado de limpiar el vidrio y ese marco todos los días, diciendo que las cosas que uno quiere tienen que mantenerse sanas y qué mejor salud para una cosa que la limpieza. Desde que tuve uso de razón la había visto hacer lo mismo, hasta el día en que partió.
Se marchó ese día en el tren local de las 9:20 y en la tarde, supuse yo, debía volver, pero no volvió. El terremoto del 22 de mayo derribó casas, inundó tierras, volcó cerros, cortó la vía férrea, desvió el río. Nada de eso derribó a doña Amanda. Advertida por el de Concepción del día antes, presintió una réplica grande aquí, así es que esa noche y a la mañana siguiente lavó frascos, vasos, loza, cristales, todo lo que se pudiera quebrar, los ordenó en el suelo contra la pared de gruesas vigas de la cocina, distribuyó tareas, que yo me hiciera cargo de la radio, que tú abrieras las puertas en cuanto ella lo ordenara, que Natividad juntara agua en el tambor y la olla grande, regara las plantas del comedor y se encargara del almuerzo y Don Eliecer le diera cuerda al reloj y lo aceitara un poco con el aceite de la máquina de coser. A las tres de esa tarde vino el primer remezón, que yo pensé era un carreta con bueyes asustados pasando por fuera de la casa. Cuando doña Amanda gritó, yo salí de la pieza de atrás y corrí hacia el dormitorio de ellos para tomar la radio. Ponla sobre la cama, me dijo. Tú abriste en ese momento la puerta y yo salí con la radio para el patio.
El primer remezón duró poco, apenas lo suficiente para que alcanzáramos a salir de la casa todos. A las tres y diez comenzó el remezón fuerte, el verdadero terremoto. Recuerdo los árboles tocando el suelo con sus ramas más altas, la artesa bamboleándose, tirando el agua mientras se bamboleaba como un barco, el derrumbe del castillo de leña detrás de nosotros mientras corríamos hacia la huerta, de donde doña Amanda nos llamaba para que nos hinquemos a rezar. Recuerdo el oleaje gris de la tierra y el aullido triste de los perros. Los gallos cantando. Las vacas corriendo sin dirección. El caballo de don Emario mirándonos y relinchando desde donde estaba atado junto al pozo.
Natividad está sentada en el sillón de mimbre de detrás de la estufa, con la vista perdida. La estufa está echando humo por uno de los añillos grandes. El agua no ha hervido.
–¡El cuadro está en el entretecho! –me dice, antes que le pregunte nada.
El día que se marchó doña Amanda había sol desde temprano; don Eliecer había ido a la Estación con la maleta grande y Natividad había acompañado a la señora hasta el portón, sin atreverse a preguntar a donde iba.
–Voy donde mi madre–, dijo la señora, sin despedirse ni mirar a Natividad.
Desde entonces, el día venía siempre igual, como un designio con todos los habitantes en la casa en una procesión de hacer cosas, las mismas siempre día tras día, mes a mes, año a año, con un plato vacío delante de una silla vacía en la mesa del comedor a las horas de comida. Con don Eliecer sentado frente a la ventana que mira a lo lejos a la estación ferroviaria, mandando desde allí a todo el resto, levantándose de vez en cuando para echar leña a la estufa y remover el fuego con una tenaza, yendo a lavarse las manos antes de almorzar y tomar onces y cenar y siempre mirándose en el espejito para emparejarse los bigotes con la tijerita.
Le digo a don Eliecer que el desayuno no está listo, que Natividad parece que está enferma y que, si quiere, yo subo al entretecho a ver qué puedo hacer con la gotera.
Don Eliecer me dice que vaya y compre una ampolleta de 100 watts para la luz de detrás de la puerta y que pase donde el relojero a ver si puede venir a la casa a ver qué se puede hacer con el reloj de péndulo.
Don Eliecer sube la escalera y me pide que busque un tarro para poner en el sitio de la gotera. A los seis años yo sabía que los perros y los gallos podían anunciar los terremotos. Con veinticinco es más difícil pensar en presentimientos de ésos. Hoy el gallo ha cantado insistente, a pesar de haber amanecido hace varias horas. El Tony, el perro viejo, aúlla quedito en el patio. A Don Eliecer le entra la certeza por caminos retorcidos de su mente cansada de esperas. Al subir la escalera se convence de que no volverán a haber terremotos tan fuertes, que el reloj de péndulo no tiene arreglo, que doña Amanda no volverá. Al bajar, trae en la mano izquierda la cafetera grande y en la derecha la pequeña con la leche y Natividad lo sigue. Al pasar por mi lado el viejo me sonríe por primera vez. Entonces me fijo en el lunar que Natividad tiene sobre el labio de arriba y me toco el mío y le sonrío también a ambos con algo de incomodidad.
Al día siguiente no hay gotera alguna en la escalera. El reloj de péndulo ya no volverá a marcar más la hora pues el engranaje se arruinó sin vuelta, según el relojero, pero seguirá allí donde está, pues no habría con qué llenar ese espacio que dejaría, además que quedaría su huella de años marcada en la pintura. A las diez de esa noche don Eliecer se toma una copita de fuerte y luego entra en el baño, de donde sale muy bien peinado y sonriente y sin los bigotes. Luego sube lento la escalera para acostarse, pero desde la puerta del dormitorio me grita que suba por la mañana temprano al entretecho y lo limpie de todo lo que no sirva, pero que tenga cuidado con el cuadro que está entre dos hojas de papel de cera, debajo de unos sacos, que cuide de limpiarlo y colocarlo en su sitio. Luego oigo que entra en la pieza grande donde estaba antiguamente el dormitorio matrimonial y escucho los pasos tímidos de Natividad que lo sigue.

8. PAJARRACO SILBA CORRIDOS Y MATA EL TIEMPO

¿QUÉ QUISO DECIR "Pajarraco" cuando le pregunté que qué haría si lograba egresar de la Escuela? Por varios años me anduvo dando vueltas en la cabeza que este tipo estaba un poco loco al decir de su respuesta.
Cómo fue la cosa. Yo me había retrasado aquella mañana en lavarme y vestirme y no me quedaba otra alternativa que usar la forma acostumbrada en muchas mañanas iguales por todos nosotros los internos, o sea, salir por la ventanita que daba al techo de Primeros Auxilios, entrar a través de otra ventana igualmente estrecha, si es que la encontrábamos abierta, hacia el pasillo que daba a la escalera que bajaba al primer piso y entrar, como si nada, a los comedores para el desayuno.
–Me la cobraré de la vida –parece que me dijo cuando le pregunté qué vas a hacer, y continuó afeitándose la pelusa que le afeaba aún más el hocico. Y cuando me deslizaba por la ventana le alcancé a oír algo así como que el diablo los pille confesados. La respuesta, entonces, me pareció sin relación a la pregunta, que se refería a qué iba a hacer para salir del dormitorio. Ahora la entiendo, pero las circunstancias se hacen diferentes en 32 años de dar vueltas en la cabeza.
“Pajarraco” era pobre. Más que nosotros; y sobre todo porque era pobre del alma. Huérfano de madre –con un padre alcohólico y al parecer dos medios hermanos más pequeños que él y a los cuales casi no veía–, su profesor de la primaria lo había apadrinado, le había comprado el terno negro del uniforme y unas cuantas camisas que habían salido de los remiendos de otras que su padrino usó por años.
Su particularidad era que andaba siempre resfriado, temblando de frío, con los mocos colgando y los pantalones más arriba del borde de los calcetines. Usaba zapatos cafés, cosa inusual en la escuela, de número grande, que le quedaban sueltos y parecía sujetarlos con los dedos que se esbozaban crispados bajo el cuero. Siempre andaba con hambre y, para menguarla, buscaba el pan añejo en los basureros, lo remojaba en la pileta del patio y se lo comía.
Le gustaba silbar corridos mejicanos, los que repetía interminables veces; y más aún cuando todo se iba quedando en silencio en los dormitorios, se podía oír en sordina el silbido que repetía "Ladrillo" y "Juan Charrasqueado", una y otra vez, hasta que el canto de las ranas del estero de la pampa Kramer lo apagaba, imponiéndose, o nosotros nos perdíamos en el sueño.
La primera vez que “Pajarraco” se salió de madre fue cuando mató a “Tales de Mileto”, el perro, asfixiándolo con una bolsa de papel encerado que le puso en la cabeza. Vimos perderse a Tales, a todo correr y dando tumbos y volteretas desesperadas en su carrera final hacia el bosque de detrás de la parcela, donde al día siguiente el “Cauque” Rivera lo encontró muerto.
Durante muchas noches no volvió a silbar corridos; ni tampoco se le vio repartiéndole las migas de pan a los gorriones en el patio.
El 24 de abril de 1965 murió el “Negro” González, nuestro compañero. No comprendí el nexo del “Negro” con “Pajarraco” hasta ayer. El “Negro” murió a la mala. Vivió alegre, despreocupado, cantando siempre por los pasillos, hasta el día de su desaparición de la escuela. Diez días después tuvimos que atravesar la bahía en la lancha "Duby" para enterrarlo en su tierra natal de Corral, convertida sorpresivamente en su tierra mortal. No hubo explicaciones de la partida del “Negro”. Sólo yo sé que quien lo llevó a la orilla del acantilado y, sin empujarlo con sus manos, sí con el silbido ininterrumpido de "Mi Linda Cachita", lo estrelló contra las rocas. Y lo sé no porque alguien me lo haya dicho ni porque “Pajarraco” me lo haya comentado alguna vez, sino porque, desde ese día, éste volvió a su costumbre de silbar. Y sólo silbaba dos melodías: "El preso Número Nueve" y "Mi Linda Cachita". Y esta última era la canción preferida del “Negro”.
Egresé sin pena ni gloria en 1967. “Pajarraco” se quedó 6 años más y logró egresar en 1973. Cuentan sus compañeros que se volvió estudioso. A las tres de la mañana, ya no se escuchaba su silbido en el dormitorio, sino que sus trancos en el pasillo y su silabeo cuando trataba de aprenderse de memoria un libro entero de historia. Pregúntenme, decía. Cualquier cosa. De cualquier página. Y repetía con pelos y señales todo. Tan lúcido se volvió que el “Discurso del método” se lo aprendió en tres tardes, sin leerlo más que una sola vez. Podía, según el “Vaca” Martínez, su compañero de banco, leer simultáneamente tres libros, aparte de los cuadernos de materia, y era capaz de repetir todo sin equivocarse.
Por qué llegué a la conclusión de que él empujó al “Negro” González. El “Negro” González era memorión y se ufanaba sutilmente de ello, diciéndonos casi al oído que le tomáramos la lección. Entonces alguno aceptaba el desafío y se la tomaba. El “Negro” a veces se equivocaba en alguna palabra y entonces decía espérenme, se daba una vuelta por el baño, orinaba con fuerza, expulsaba unos gases y salía dando saltitos de mono de allí, y siempre encontraba a “Pajarraco” en un rincón silbando un mejicano y mirándolo de soslayo. El “Negro” le hacía una finta y con agilidad le encajaba un puñete controlado en el abdomen. “Pajarraco” enrojecía y mascullaba: ¡Algún día te ganaré en la definitiva...!; y seguía silbando, mientras el “Negro” volvía al grupo y repetía la lección, esta vez sin equivocarse.
“Pajarraco” egresó y en la ceremonia de premiación, donde le dieron un diploma y el libro “Los Miserables” (no recuerdo de qué autor) por su primer lugar dijo, entre sus palabras más destacadas, que agradecía el espacio que le había dejado “El Negro” a su memoria. O sea no exactamente así, sino como se puede leer en la revista “El Jote”, el boletín periodístico, medio artesanal y todo pero adoptado como oficial por el Centro de Alumnos de la Escuela, el cual dice textualmente: ““Pajarraco”, nuestro común amigo, salió al podium con un orgullo contenido, semi–encorvado y silbando bajito. Al hablar, molestaba un poco su forma de arrastrar las sílabas, dichas como si hubiera estado cansado físicamente. Inició sus palabras agradeciendo a todos sus compañeros que ayudaron a que él llegara al final, y le hicieron recuperar la fe en sus medios. Pero, en especial, agradecía ‘el hueco que en el mundo de los memoriosos le había dejado el “Negro” González, objetivo de su empeño, luz de su obsesión intelectual, oportunidad de probar lo ilimitado por primera vez con éxito’ ”. Luego siguen otras frases acerca de los recovecos de la memoria y cómo fue llegando a la conclusión de que podía memorizarlo todo para, en seguida, repetir textualmente el discurso del Director, al menos en sus párrafos más importantes. Si tienen la curiosidad de leer y cotejar lo que el director dijo en aquel acto 15 minutos antes de la intervención de “Pajarraco”, con lo expresado por éste, podrán comprobar que no miento. Palabra por palabra, es exactamente lo dicho por el Director.
Enseguida recitó los versos de Blanco Belmonte, “El Sembrador”, que, curiosamente, el día anterior en la ceremonia de despedida que los quintos años hacían a los egresados, había sido recitado por el Guatón Pérez Pothoff.
El “Vaca” me contaba que lo único que no había cambiado en el “Pajarraco” de los primeros años de la escuela, eran los zapatos café, los cuales había tenido que teñir con tinta china negra para la ceremonia, obligado por el profesor jefe, zapatos en los que resaltaba la rotura en las puntas, zurcida con seda de pescar. Todo lo demás en él era fuerza, seguridad al caminar, firmeza de la voz, y cierta violencia apenas disimulada en sus ojos oscuros.
Años después, a raíz de un viaje a Santiago en tren, me encontré con “El Vaca” y de ese encuentro son los datos que he dado a conocer, que éste me contó en detalle. Me dijo entre otras cosas que “Pajarraco” había decidido no volver a tomar un libro en su vida, afirmando que todo lo que tenía que saber ya lo sabía, y todo lo que no sabía estaba bajo tierra, en la memoria que los gusanos conservaban de su iniciación “en el camino de la esencia de todo” (Sic) (¿?).
Explicaciones puedo tener muchas acerca del significado de estas palabras, que perfectamente pueden ser inventos de “El Vaca” o bien una interpretación mía.
En 1978, julio 13, lunes, hoy día, ocho con veinticinco de la mañana, entro a mi oficina y veo que alguien ha encerrado con un círculo rojo un artículo del diario local que dice que en una pendencia de borrachos, Luis Asencio Uribe, alias “El Pajarraco”, dio muerte a tres campesinos de Huidilafquen, en las proximidades de la desembocadura de Río Azul, en Coyhaique, infiriéndoles una estocada en el corazón a cada uno y luego arrojándolos al mar en los acantilados de la playa grande. Cuando lo capturaron, el “Pajarraco” estaba sentado en una piedra, en las inmediaciones de la escena del hecho. Le dijo a la policía algo así como que ya estaba cobrada la deuda con la vida, que “siempre los pájaros serían más longevos que los gusanos, y éstos no lograrían jamás sobrevivir a su natural depredador, que siempre terminaría comiéndoselos”. Mientras caminaba hacia el retén, escoltado por dos carabineros, silbaba “Mi Linda Cachita”.
El diario afirma que, según el médico, el sujeto está loco. Yo, ahora, estoy convencido que no.

9. LA VACA

LA PIZOTIA mató a la vaca.
Animal extemporáneo, flacucho, de ojos embadurnados de abulia, blanquinegro sucio, escaso de leche por el mal pasto y la peor mano ordeñadora, despreocupado y torpe de andanzas, entre matorrales y zarzamoras aprendió mañas maternas y madrugó al hombre.
El hombre va pensando en ello. Construye su novela que es de correrías y andares, dibuja torpe el camino de la letra ruda, limpia la bosta de la primera infancia.
La vaca. Por allí, por esos ojos de animal redondeados y bizcos soslayó la ternura; en esas tetas estrujó leche blanca y gruesa para salvar el hambre porfiada de la niñez.
–Capachito, orejitas de paila, venga que la mami lo quiere...
–Voy, mami.
–Capachito, ojitos chuecos, testarudito’e melda, venga que mami lo quiere.
–Ya voy, mami.
Cinco veces, media hora de llamado materno e igual respuesta infantil.
–Capacho, le estoy hablando, venga que hay que almorzar...
–Ya voy ya.
–Capacho, te estoy hablando, mierda, vai a entrar o...
Capacho entra. Tiene ocho años y ya anda volando por los patios, se sube al techo de la cocina o del gallinero para otear aviones grandes y pájaros misteriosos y sólo lo baja la realidad del hambre, que tiene horario.
La vaca. Por esa vaca blanquiazul pensaba los días torpes, por la oreja caída y de honda oquedad oía el agua distante del estero. Por la panza se angustiaba de hambre cuando en la casa no había caído almuerzo más que un pan con manteca. Por la leche que, de puro empeñoso estrujaba en el baldecito de lata, le venía la espuma de la imaginación. Por los mapas del cuero viajaba viajes de ensueño.
Un día lo mandaron tras la vaca a las siete de la mañana, antes de la escuela y mucho antes de que la escarcha se derrita. No la encontró. Pero rompió su manta en las murras . Lo mandaron a las nueve de nuevo, en vista de que era tarde para la escuela. Pero la escarcha seguía ahí. Encontró a la vaca tras los maquis, silenciosa y terca. La sacó de allí y la llevó para lecharla. Cuando iba para el corralito, guasqueándola con el lazo de ñocha, la ternera mugió babeurre y contenta. La vaca también mugió. Al séptimo fracaso matinal, Capachito comprendió. Entonces se metió al bosquecillo y mugió, imitando a la ternera. La vaca, oculta pero sensible en su maternidad, respondió. Y Capacho supo que estaba allí, siempre terca e inocente, bajo los arrayanes del recodo hondo del estero. Se acercó a ella y le mugió más zalamero y dulce. Lotería. La vaca vino. Y todos los días de allí en adelante.
El hombre va redondeando las ideas del primer capítulo con el lápiz de palo que, de vez en cuando, pule con una pequeña cortaplumas. Habla en tercera persona de los años en que la vaca constituyó el capital más preciado de su padre, cambiador del ferrocarril, pobre pero soñador de sueños grandes. Una vaca. Se la compraría a su compadre Víctor, le pagaría cortando leña para un invierno, sembrando para dos. La dueña sería la Nena, la hermana mayor, esa niña tonta. La quería porque le aceptaba jugar a la pelota algunas veces, pero la aborrecía por lo traidora. Siempre lo estaba acusando.
–Mami, el Capacho no dio su lección en la escuela.
–¿Ah, sí? –Paliza.
–El Capacho se quedó jugando con el Pilucho en el pozo lastre.
–¿Ah, sí? –Paliza.
El hombre es terco en su decisión. El campo es noble en su tarea de hacer hombres, pero siempre pobres, con ropa que se pudre de sudores y lluvias, con zapatos que se destiñen y rompen de intemperies sin pausa. El hombre quiere ir a la ciudad grande, cambiarse de chaqueta, sacarse el piñén del centro inalcanzable de la espalda, pulirse el corazón y las manos y el cerebro que está ahí hirviendo de ideas.
No sabe mucho de novelas. Pero tiene un mar contenido en la cabeza. Será cuestión de escribir un poco en las noches, después de la escuela nocturna. Será cosa de darle y darle, como a la tierra, que al final aprende; como al caballo que se vuelve sumiso y dócil, como a la vaca que en la niñez, su niñez, venía sola a dar su leche.
La vaca. La pintan tonta y sin mañas. Pero él la vio fácil de mollera, dócil de instinto. Primero acudía con la imitación del mugido. Luego cayó en la cuenta del truco. Halló el matiz denunciador del falsete y dejó de venir. Entonces el niño la apremió con el dolor materno. Le huasqueó a la ternera con una rama de maqui. El animalito corrió asustado y dolorido. La vaca sintió la queja en el fondo de su librillo, reducto del alma de las vacas y vino a mirar. Puso ojos sombríos. Pero no sabía de furia. Así que se acercó a la ternera, quiso lamerla maternal. Pero ésta se fue directa y cabeceando a la ubre, hambrienta de la separación nocturna.
Un día dicen que hay pizotia y el padre viene de la estación ferroviaria con susto de que la vaca se enferme. Va con Capacho y le pasa lejía por la lengua. La vaca ni muge siquiera. Hace días que está rara, tristona, y ya no se esconde en el bosquecillo. Si está enferma es más seguro que muera. En la escuela Capacho sabe que la pizotia viene por el aire. En la escuela sabe que hay que irse del pueblo si se quiere saber más cosas.
Se muere la vaca al tercer día de lejías y agua de llantén y él se queda con la ternera para darle leche en biberón y acostumbrarla a su llamada de mugido falso. En el quinto capítulo se le ocurre que debe tomar de la realidad algunas cosas solamente y matizar el resto con imaginación y belleza. Entonces describe a la ternera siguiéndolo, dócil como un perro, a donde a él se le antoja. Va a la escuela con ella y el pequeño animal lo espera a la salida, contento y mugiente, para seguirlo de vuelta. Comprende sí que la fantasía no debe sobrepasar a la realidad. Podría con ello amenazar los visos de verdad del relato, que, leyó por ahí, era importante en las novelas. Y cuenta de la tristeza auténtica de la muerte de la vaca, cuando fue con su padre aquella mañana de fines de marzo y la encontró tendida de costado en el pasto, agónica y de ojos tristes y él pidió llevarle la ternera, pensando en que se moría de todos modos y madre e hija tenían derecho a verse por última vez. Pero su padre y don Víctor, que estaba también allí, le dijeron que no, explicándole que sería malo para la ternera porque podría contagiarse y morir después también. Entonces el hombre remata ese capítulo diciendo, por boca del niño, que es mejor morir el día que la madre muere, que cualquier vida sin ella no vale la pena vivirla.
Los borradores se acumulan. Escribir en limpio es difícil, no cuenta con mucho papel así que lo hace con letra pequeñita y sin cargar mucho el lápiz para no gastarlo.
En el cuero de la vaca había un mapa curioso. No podía compararlo al menos con los mapas que él conocía. Los de América, semejantes a una zanahoria con sus ramas. El de África, una remolacha tosca.
Pero en ese mapa soñó el mundo. Y cuando subía al gallinero en esas tardes de semisol del otoño, se imaginaba volando por el planeta, que veía limitado por el cerro “Los Tallos”, a diez o más kilómetros hacia donde se ponía el sol. En las mañanas, al salir tras la vaca, aguzaba el oído pero también la vista, con la cual tenía la esperanza –y a veces hasta la certidumbre– de encontrarla por ese mapa pegado a las costillas.
Hombre ya y escritor, muchas veces trató de hallar un sentido premonitorio a ese dibujo negriazulado sobre blanco, impreso en el cuero del animal. Imaginativo y audaz, describió en más de algún pasaje de sus novelas el mar que circundaba esas tierras enormes que en el costado de la vaca se vislumbraban. Les dio alas a sus héroes volando sobre continentes fabulosos llenos de belleza y sugestión.
Cuando niño, solo con la ternera, apática ésta y esmirriada en la realidad, discurría modos de interesarla en sus juegos. La pensaba caballo y la laceaba con el cordel de la ropa, la veía inteligente aprendiendo cabriolas de perro en el patio, veloz y al galope por el cerrito de la pampa grande. Pero la ternera en la realidad, era un clavo. Tenía que obligarla a comer del pasto que tenía que cortar con la guadaña, tenía que empujarla para que se moviera del pequeño corral.
–Huele a su madre y la echa de menos –pensaba. Entonces por obligación y por lástima seguía tratando de criarla. A los dos años la llevaron para cruzarla con el toro de don Víctor. A los cuatro seguía allí, mirando para cualquier lado bobalicona y estéril. A los cinco la vendieron y se la llevaron en la camioneta de don Rolo.
Yo vi al hombre pensar en quedarse allí en el pueblo cuando advirtió que la novela no iba a salir. Había un montón de papeles, borradores corregidos y borroneados una y otra vez hasta que se rompían. Qué final ponerle a una fantasía infantil donde una vaca es la protagonista. Donde una vaca que casi nunca dio leche, para colmo se muere y le sucede una vaquilla torpe e infértil a la que se llevan finalmente al matadero.
Eso es en la realidad le digo yo, su maestro de escuela. En la imaginación puedes hacer de la ternera una vaca grande, paridora y abundante de leche. Por esa cabeza blanquiazul puedes discurrir los días con instinto certero, por la oreja caída oír el agua distante del estero llevando barquitos y sueños a tierras de lejos. Por la leche gruesa y copiosa saciar la angustia de hambre cuando en la casa no haya almuerzo más que pan sin manteca. Puedes seguir viendo en su panza el dibujo del mundo convertido en una sabana de África llena de vegetaciones y bellos animales, soñar un lago de América sembrado de peces retozando en el crepúsculo y garzas inmóviles y blancas en la orilla, juncos esbeltos que silban con el soplido de la brisa. Puedes por sus ojos inteligentes seguir mirando las mañanas de antes de la escuela, cuando dialogabas con la vaca madre en un reto de astucia.
El hombre escribe ahora el final del libro y en un alto, está mirando la imagen de una vaca en la caja de cartón en que viene la leche ahora y que permanece allí sobre la mesa. Piensa que por las manchas se parece a su vaca de la infancia, aunque ésta de la fotografía es más gorda y más grande. Se le ocurre que en el edificio, tal vez en el patio donde guarda la camioneta, pudiera entrar si estuviera viva. También hay en esa reproducción a todo color, una ternera que es como la duplicación de la madre, una ternera que él nombra con nombre de princesa y que lo mira con ojos familiares desde la fotografía. Se imagina que detrás, en algún lado que no ve pero intuye, está su hermana Nena, la dueña, diciéndole te la regalo es tuya si es que juegas conmigo a la pelota.
En su ensoñación está la ternera de la infancia en su último mes de preñez y don Víctor ha dicho que esta vez será un ternero. El Hombre lo sabe bien. Lo sabe por la forma del mapa de la panza, que tiene una especie de cuernos orientados hacia el cielo. Por la inclinación hacia la izquierda de la futura madre cuando anda. Por la mirada llena de dulzura somnolienta. Por la forma de corcovear ágil y contenta en las noches de luna, cuando ningún hombre la está mirando.

10. LOS GIROPONDIOS ROSADOS

A Sol–Natalia.


EN MEDIO de las flores, con su pelo cenizo agolpándose sobre la frente a instancias del viento sur, Marigen Rosa parecía muy gastada y a punto de caer. Los giropondios rosados no habían brotado en los sitios donde, con un palito de cedrón untado en excremento de vaca, habían sido enterrados y con una plegaria en aymará, habían sido encomendados a espíritus sin nombre.
Con ceniza de laurel valdiviano y agua bendita, Marigen Rosa los había regado, a las cuatro de la tarde de todos los días, hora en que el sol se monta a horcajadas sobre los sembradíos de octubre y augura con su golpe amarillo la floración de la tierra.
Era la hora en que Arístides Mamani le había dicho que era bueno.
La misma hora en que un día, de hacía ya muchos años, lo encontrara tendido en el patio hablándole a las hormigas.
Éstas habían desfilado desde su agujero hasta la mano tibia del hombre, donde había unos granos de cebada ordenados en forma de cruz, los cuales fueron cargados uno a uno por las hormigas y llevados al agujero en la tierra en que vivían.
Tal vez la ceniza no había estado en la proporción exacta, o la fe se había extinguido en el enjuto pecho de Marigen Rosa, de tanto esperar a que sucediera todo. O bien esas mismas hormigas que habían marchado ante sus ojos atónitos cargando los granos, habían arrastrado las semillas de giropondios hacia la oscuridad subterránea, donde el sol, aún con empeño, no llegaría.
Su madre le había advertido –Marigen, los giropondios no existen, son sólo embustes del hombre gordo–; pero seguro que su madre decía esto porque Arístides no le agradó desde el comienzo, a lo mejor por su gordura descomunal que nadie se explicaba, puesto que sólo se le había visto comer raíces de nabos silvestres y nunca aceptó otra cosa de comer en todo el año en que estuvo viniendo muy de madrugada y yéndose exactamente a las cero de la medianoche, señalada por su reloj de plata guardado en el bolsillo interior de su chaqueta, o bien por su rareza reflejada en todo eso y más.
Arístides Mamani no tenía edad. Su cara era tersa como el papel de arroz y de un color rosado juvenil y fresco, pero su pelo era blanco hasta la raíz y muy largo, tomado en una cola. A pesar de sus fáciles doscientos kilos, corría y saltaba como un acróbata y jamás mostraba signos de cansancio. Desde el primer día que vino, un domingo de ramos, su jerigonza y sus ojos retintos con un fondo azulísimo se ganaron la voluntad de Marigen Rosa y luego su corazón.
–Sólo los giropondios son más bellos que tú, Marikén –le dijo mirándola con seriedad gentil. Y durante una semana le repitió lo mismo a esa hora de las cuatro. Hasta que ella preguntó.
–Los giropondios son las flores más bellas del universo, Marikén –contestó el Gordo– Cuando ellas salen no es necesario que el sol salga. Cuando las tienes en tu jardín, desaparecen todos los disgustos y te enamoras. Como en los cuentos, sólo que es real. Cuando ellos florecen, sobre la frente de quien los cuidó nace una aureola, Marikén, una aureola de luz.
Arístides tenía pequeños los pies, casi femeninos, y calzaba en ellos unas sandalias de cuero marrón muy viejo. Lo extraño era que no dejaba huellas al andar.
Un día, viernes era y dijo el hombre: –Marikén, el sol saldrá hoy muy fuerte, es la hora de plantar las semillas de giropondios.
–¿Cómo son los giropondios? –preguntó Marigen Rosa sin obtener respuesta de Arístides quien salió hacia el patio y en el mismo sitio donde lo había visto tendido en el rito de las hormigas volvió a echarse. Un rato después aparecieron éstas, cargando unas diminutas semillas en forma de corazón, de color dorado y fosforescente resplandor, parecido al de las candelillas. Con acostumbrada facilidad treparon por los gruesos dedos del hombre y fueron ordenando en su palma los minúsculos gránulos, regresando luego ordenadamente hacia su agujero.
–Estas semillas contestarán tu pregunta, Marikén. Las plantaremos en el fondo del jardín y en un año exacto brotarán, pero si tú las descuidas o tienes un disgusto u odias a alguien, no saldrán hasta el año siguiente, a menos que...
Exactamente doce semillas plantó Arístides en una línea, cuidando de dejar un espacio de unos tres jemes entre cada una.
–Así tendrán sol a cualquier hora, el que de todas formas ellas buscarán girando su corola en el sentido de los rayos del sol, de ahí su nombre –dijo.
El tiempo que pasó antes de marcharse para siempre se dedicó a enseñarle a Marikén, como él le decía, cómo cuidar las semillas para asegurar su floración. Le habló de la eternidad de la belleza y de sus representaciones en el universo.
–Sólo algunos objetos reciben el don y muchas almas, de animales incluso, pero es necesario buscar su belleza, no con los sentidos, sino con el instinto, que es el alma antes de la muerte. Tú, Marikén, eres de las personas con el don y sólo los giropondios son más bellos que tú, pero los aventajas en que ya naciste, lo que quiere decir que todos los ceremoniales se cumplieron al pie de la letra contigo. Significa que tus padres practicaron el rito de la paciencia y, cuando estabas creciendo, no odiaron a nadie ni tuvieron rencillas que no hayan resuelto a punta de bondad. El ciclo se repite exactamente para todos los seres vivos que aspiran a alcanzar la belleza, Marikén.
En días de lluvia, el gordo observaba desde el corredor cómo el agua lo inundaba casi todo, menos el hormiguero, que el agua rodeaba de un modo inexplicable. Desde allí del montículo salían las hormigas en el orden acostumbrado, cuando el gordo las convocaba para darles de comer, cosa que ella nunca pudo imitar, a pesar de la paciente enseñanza del hombre. Curiosamente también, la lluvia respetaba los puntos donde las semillas habían sido plantadas y cuya única señal visible era precisamente que esos puntos permanecían secos y emitiendo una tenue nubecilla de vapor desde su centro que, al palparlo, estaba más tibio que el resto de la tierra. Pero, lo más extraño era la fosforescencia. Los doce puntos aquellos resplandecían como candelillas.
Marigen Rosa nunca supo explicarse tal fenómeno y tampoco recibió respuesta alguna de Arístides las veces que le preguntó.
–Los giropondios responderán por mí. –se limitaba a contestar.
El siguiente domingo era de ramos otra vez y Arístides se tendió en la tierra, dio de comer cebada a las hormigas, que optaron por guardarla bajo tierra, y siendo las cuatro de la tarde anunció que se iría.
–Es hora que me marche. Hay cosas que hacer al otro lado del mundo –dijo en un tono casi triste. Agradeció la bondad de haber sido aceptado en la casa y besando por primera vez las manos de Marigen Rosa, salió por el portoncito semiderruído del patio, y por el sendero que iba a dar a esa especie de altar de piedra donde el camino se desviaba hacia el sur en el recodo, donde se erguía desde siempre una encina, sin volver la vista ni regresar a la casa otra vez.
A Marigen Rosa no la gastó el odio. La gastó el desencanto y la espera, anciana ya, y sentada muy dobladita sobre sí misma en el banquito del corredor. En el momento justo en que comprendió que los giropondios rosados eran una fantasía que ella había cuidado con esmero, pero inútilmente, algo ocurrió. Era domingo de ramos y, al mirar hacia el fondo del patio, divisó a su madre que, aunque viejísima, tenía fuerzas para romper la tierra con la asada. –Los giropondios rosados no existen, Marigen, te lo he dicho hasta el cansancio... –dijo la vieja y golpeó con furia la tierra donde hacía muchos años Arístides Mamani había plantado las refulgentes semillas en forma de corazón.
Marigen Rosa quiso contestar, pero sólo tembló por la pena. Tal vez dejó de vivir en el momento en que el sol de las cuatro le golpeó los ojos y, en medio del relámpago, vio los giropondios torciéndose sobre el tallo, como queriendo saludarla; y eran las más bellas flores que nunca conoció y ella se encontraba muy joven y contenta allí entre las doce flores y en su cabeza una aureola de luz comenzó a brillar al sol y por el rabillo del ojo vio en el recodo del camino el altar de piedra sombreado por la encina y al hombre gordo, Arístides Mamani, sonriéndole parado sobre él, soberbio y a la vez sencillo como un dios, con la piel del rostro sin edad como siempre y el pelo blanco hasta la raíz tomado en una larga cola; y todo parecía tan vivo y real como si el tiempo se hubiese detenido allí, en el patio, a esperar a que Marigen Rosa se vistiera con su mejor vestido para irse al purgatorio, donde dicen los entendidos que las flores son bellas y eternas.

11. LOS COLORES DE LA OSCURIDAD


“Pero, este hombre que era ciego,¿cómo es que ahora ve?”
San Juan.


CELSO JUNTA piedritas que no ve pero escucha rodar y entrechocar como gajos de agua, las coge con devoción de sastre antiguo, las mima entre las yemas del pulgar y del índice, las pule con el alma.
Pero el día pasa por él sin que él lo vea, al menos como ven quienes no son Celso.
Celso veía a los ocho años, con ojos negros y enormes. De entre el ruido de las estaciones, oía el fragor de las cosas moviéndose, veía al otoño cayendo frío y penetrante sobre los árboles, a las hojas agónicas cayendo en vórtices fatigados sobre los patios, plumas rancias del pájaro amarillo del otoño sobre el rocío o el cauce del estero.
Celso veía. Pero a sus ojos grises y sin reflejos algo le venía a contrapelo. Era el humo de las fogatas volviéndose cenizas luego de las tardías cosechas del sur, era la oblicua resolana de la luz crepuscular, era su ambición de ver más allá, aún más al interior de la noche y de las cosas.
Por horas solía permanecer mirándose en el agua de los charcos y en la tarde al volver a casa corriendo por entre los grandes robles, preguntaba a su madre, aun antes de saludarla:
–Madre, ¿por qué veo?
Su madre lo miraba, dulce y lenta, desde la semioscuridad curva del sillón de atrás de la estufa, donde tejía lanas suaves y blancas y entrelazaba cintas de seda y le respondía con una sonrisa.
–Salude primero, hijo, cámbiese la ropa de la escuela y después conversamos.
Pero esa conversación no llegaba.
A Celso se le iban bordando los colores en el pecho hasta apretarle el corazón en una red multicolor de preguntas sin respuesta. Y en la noche quería seguir viendo para saber. Pero su madre lo llamaba a entrar en la casa, en el momento justo de la primera estrella o cuando las gallinas comenzaban a entrar y a acurrucarse en la gradiente sucia del gallinero:
–Celso, es hora de acostarse.
–Sí, madre, pero, ¿por qué ve uno?
–Ya lo sabrás, hijo; ahora, a comer –lo invitaba la madre, dejando las respuestas para después.
Mientras comía, Celso escuchaba, lejano pero imponente, el regaño materno; matizado y dulce el lenguaje de los colores. Su padre entraba en la casa. Celso lo besaba en la boca. Entraba la abuela renga y extraña, Celso la besaba en la mejilla izquierda. Entraba su madre y la besaba en ambas. Entraba Esther, gorda y rosada la hermana, Celso persistía inmóvil tras la mesa, madurando los colores de mañana. En un papel pintaba con la acuarela flores granates y de óxido, tonalidades ocres y verdes o entreveradas, fucsias florales y frescas, luego ponía a secar las imágenes agarraditas por un perro de madera en el cordel de alambre tendido sobre la estufa.
Había en Celso una cosa más. El fuego lo entristecía. Se consumían allí los palos de ulmo oscuro o ardían furtivas cartas para su hermana. Allí se había quemado su camisa azul llena de pintas y agujeros. Permanecía el fuego desde muy de madrugada hasta tarde en la noche y siempre mirándolo con torvos presagios. Como a un ebrio lo llamaba su crepitante fulgor naranja. Como a un adicto lo vencía apaciguándolo de ganas del día.
–Mamá, el fuego es como los ojos de uno. Cuando se apaga queda algo caliente bajo la ceniza –dice Celso–. Cuando cierra uno los ojos, queda la luz adentro de la cabeza.
–Lo sé, hijo. Lo sé. –contestaba la madre, sin dejar de pensar en el fondo de las preguntas, que no sabía contestar.
Temprano marchaban todos a la cama, porque despuntando el sol se afanarían nuevamente en algo. Mamá en la cocina haciendo la comida –comezón dulce del estómago en la víspera–, planchando, lavando, cosiendo en la Singer, barriendo el polvo gris y los desperdicios, todo como un rito en cuatro actos. Y el padre del niño en el monte haciendo leña, siempre de ceño mustio y cojo de la pierna izquierda.
Las otras preguntas que siempre se le venían a Celso, eran acerca de Dios. Después de rezar el Angel de la Guarda y el Padrenuestro con su madre, Celso se tendía en su cama de raída colcha azul, ponía su cabeza sobre el dorso de sus manos regordetas y preguntaba a su madre dónde estaba Dios.
–En todas partes, hijo.
–Pero, entonces, ¿cómo no se ve? –se angustiaba.
–Sólo lo ven los que tienen ojos para ver –decía la madre con gravedad creyente y no había más preguntas ni respuestas. Sin embargo, Celso creía en ese Dios invisible, no porque lo llevaran a la iglesia los domingo ni porque la abuela lo apremiara con condenas celestes ni porque nada, sino porque le parecía ver su reflejo en todo lo que miraba, una especie de elevación de la cabeza, a veces un pálpito de lo inesperado, cierto olor a albahaca recién cortada, pero principalmente por los colores. Las mañanas, aún las más negras del invierno, las noches felices de febrero después de la trilla, los sosegados mediodías del otoño, los inviernos sin mediodías, todas las estaciones que pasaban por el pueblo, las memorias y olvidos, siempre tenían colores, matices verdes de agua y ojos maternos, visos amarillos de señoriales casas vestidas con el sol de la buena suerte, pátinas del humo tiñendo las chozas más pobres alineadas junto a la vía del ferrocarril, humo feliz otras veces ondeando sobre los techos, todo aquello de algún tono definido, particular, inolvidable para la remembranza del niño que era. Solía andar el viento sur arreando nubes que se ordenaban en el cielo cual rebaños de ovejas, solía el norte abultar los cerros lejanos con una capota de la que crecía incontenible la lluvia. Solía pararse colorado el sol a mirar para atrás anunciando buen tiempo. Y siempre había un tinte que iba coloreando la retina del niño. Cuántas veces éste se quedó con la sensación sin nombre de Dios.
–Hijo –le decía el cura con severa bondad–, repita el primer mandamiento –y premiaba la respuesta del niño con un palmoteo en el hombro.
–Nómbreme, ahora, una obra de Dios –pedía el padre.
–Los colores, padrecito –contestaba Celso–. Los colores y el Sol que les da vida –completaba, sabihondo.
Un día, luego del catecismo, se atrevió a mirar el sol que iba ocultándose tras el cerro. Lo miró directamente aunque sólo un instante sin tiempo. Anduvo el resto de la tarde con un círculo verde en la pupila. Luego la sensación del color cambió. Viró al rojo tornasolado del verano en que conoció a Juliana, la prima. Luego, como esa misma tarde, pero más lento y ordenado, fue cambiando hacia el color de las cosas olvidadas. Una sensación de pasar por túneles con techos de cristal de agua viva, captores de todas las tonalidades, una tras otra girando, encendiéndose y apagándose, una nostalgia de cuevas aledañas al cerro en cuyas paredes de greda alguna vez garrapateara su nombre con un palito, un vago temor de pérdida irreparable, pero sin nombre. Y al final, de noche ya, el círculo mimetizado con el cielo sin estrellas del 12 de julio, día antes de su nacimiento, recuerdo que tampoco sabía por qué había quedado grabado a fuego en su retina de futuro ciego.
Cuando se durmió aquella noche, en el filo del sueño, recordó el mar. Vio en él el reflejo del sol extendido como una sábana de oro y plata que ondulaba y lo envolvía. Y, dentro de ese reflejo, peces, hermosos y grandes peces de azogue y verdiazul, tal vez imágenes criadas a la luz de la lectura bíblica de su madre en semana santa –nunca había visto el mar en realidad, pero lo había soñado, luego de ser contado por su padre que había estado en Valparaíso y por su abuela cuya abuela perdió siete hijos en él –, quizá deseos suyos de que el mar fuese así en la realidad. Y en medio, pero flotando sobre las olas, él, dotado de alas. Alas pequeñas y blancas que podía mover a voluntad, pero que no lo elevaban mucho, por más esfuerzos que hiciera, por sobre la superficie del agua. El resplandor del sol lo persiguió durante todo el sueño. Cuando despertó, el resplandor seguía allí. Luego vino su madre a apurarlo para la escuela.
–Ya voy, ya me levanto – responde el niño, pero como la llameante cortina en la pupila sigue ahí sin permitirle ver, tiene que levantarse a tropezones para gritarle a su madre que venga a ayudarlo. Ésta, severa y sin entender, lo sienta sobre la cama y comienza a vestirlo a pesar de los lamentos de Celso que reclama porque no puede quitarse el velo refulgente del sol que ha soñado.
–Madre, soñé que miraba el sol y ahora no puedo ver –explica Celso.
–Irás a la escuela de todas formas – le ordena su madre y lo toma con firmeza de un brazo y lo arrastra hacia el rincón donde el rito de la jarra con agua y el lavatorio sobre la mesita, constituyen la primera obligación matinal de todos antes de pasar a la cocina a tomar el desayuno. En el espejo se ve. Es él. Al contacto con el agua desaparece el fuego que le ha deslumbrado desde la noche. Piensa que Dios le quiere mostrar algo. Pero no alcanza a entender qué. El temor le trae a la memoria una escena de los cinco años. Su padre está chupando el mate en un rincón de la cocina. La abuela teje con lana blanca que desenrolla de un huso. Su padre pregunta:
–Madre, ¿qué es ver…? ¿Qué significa ver? –La abuela no lo piensa mucho y le responde:
–Ver es agarrar las cosas con el alma.
A los ocho años, Celso pregunta a la abuela qué es el alma y la abuela le responde:
–Es el resuello de Dios que está guardado adentro del pecho de los cristianos.
–¿De qué color es, abuela? –Pregunta Celso, de nuevo.
–El alma es de todos los colores y de ninguno al mismo tiempo –termina, sentenciosa y no vuelve a abrir la boca.
Por muchas noches vuelve a soñar con el mar fulgurante y magnánimo. Pero evita mirar el resplandor directamente. Y comienza a comprender. Mientras sueña sobrevolando el mar inmenso a impulso de sus alas y con los ojos cerrados, aprende a controlar los colores. Puede combinarlos, convertirlos en otros; indaga los contrastes, los timbres y las tonalidades, las claves de la armonía y el colorido; formas policromas pinta en los sueños que luego perfecciona durante el día.
Su padre lo ha visto caminando hacia la escuela frente a la estación ferroviaria siempre con los ojos cerrados y moviendo las manos a compás como si volara. Y parece ver, pues no tropieza. Y además que parece flotar en el aire.
–Este niño, siempre soñando –comenta el viejo para sí, pero nunca lo reprende, pensando en que el niño ha salido a su madre en lo fantasioso.
Pero había colores que parecían insuficientes. Eran los contiguos al rojo. No lograba darles brillo. Intentó aprender de las flores. Mas a éstas había que esperarlas hasta la primavera. En las tardes del invierno solían filtrarse entre las gruesas nubes algunos rayos de sol, que teñían de variedades de rojo flores y cerros, pero eran rayos fugaces. Además que tenía temor de mirar el sol a la cara.
–Me queda ese círculo rojo que no me deja ver –se dice a sí mismo. Aunque de este modo ha aprendido la ley del calidoscopio, ese tubo con espejuelos en su interior que multiplica las figuras sin que nunca se repitan. Mira brevemente al gran señor de fuego y de este modo el círculo permanece un instante suficiente para aprender cómo funciona la ley de los colores infinitos.
De manos pequeñas, Celso aprendió a confiar en ellas, cuando le pusieron nota uno en la escuela, porque no pudo construir la carreta en la clase de trabajos manuales. Su padre, muy pobre, no pudo comprar las ruedas que el profesor exigió fueran de fierro forjado. Pobre su padre, menos pudo comprar la madera. Pero Celso, en secreto, cortó unas tablas de la cerca de su casa y sigiloso también, oculto en la vieja bodega, hizo una carreta pequeñita, de no más de dos cuartas de largo, y con dos rodajas de madera, cortadas de un pequeño trozo de leña, le fabricó las ruedas. No se atrevió a llevarla a la escuela. "–¡Algún día la pintaré de hermosos colores!" –pensó, y la ocultó debajo de unos sacos en la mediagua-fogón.
Cuando quedó ciego, Celso se sirvió de las manos, hábiles compañeras que lo ayudaban a ver los grises, sobre todo cuando tenía que caminar por las calles de piedra encontrándose con las carretas que traían leña del campo, o con los hombres que bajaban del cerro de a caballo y en ancho tropel, o con León, su amigo. Éste tenía una manta gris, era sigiloso por la timidez y oscuro por lo indio. Las manos de Celso lo saludaban con ceremonia y cuando mayor, lo abrazaron muchas veces con amistad temerosa, dándole palmaditas de afecto y excusas en su espalda siempre esmirriada. Con sus manos, Celso veía a su madre cuando ella se quedaba dormida por el dolor de la artritis y el cansancio en el sillón de mimbre que él le tejiera. Se le acercaba sin dificultad por entre la estufa y el cajón de la leña y se las pasaba suaves por la cara y el pelo. Luego se marchaba de nuevo al patio a seguir ordenando la leña en la bodega.
El día que quedó ciego Celso se había levantado temprano, casi más que de costumbre, para alcanzar a terminar la botella en la cual había metido un barco, sellándola con la vela. Su madre estaba en el patio dándole trigo a las gallinas y su padre seguramente ya estaría en la estación de trenes donde trabajaba. Había sentido su trotecito irregular de siempre y lo había visto alejarse cojeando, pero veloz como era su costumbre, a eso de las siete de la mañana. En el aire estaba ese aroma a setas frescas de las ocasiones fatales.
Cuando regresó de la escuela, la casa no estaba. Sólo los cimientos de madera que, amputados y hechos carbón, señalaban tristes el cielo. La pequeña estufa permanecía retorcida y medio derrumbada en el sitio de siempre. Había gente rodeando los restos y mujeres llorando y consolando a su madre, que también lloraba. Su padre lo miró entre penoso y severo, pero no le dijo nada. Celso comprendió. Había sido él, con la vela. El paño de la loza se encendió, sin que lo viera, al ser mordido por la llama. Esa tarde, al mirarse en el agua de la laguna, se preguntó con pesadumbre por qué veía. Para qué los ojos si no habían sido capaces de ver la desgracia. La casa construida por su padre y los vecinos. Construida con tablas conseguidas de favor al jefe de la estación de trenes, con palos recios labrados a hacha por don Emario. Con latas viejas dadas de baja en la estación, también quemada un verano que él apenas recordaba. Levantada en seis mañanas y veinte tardes entre todos, mientras la madre preparaba una cazuela en la gran olla de fierro y cocía tortillas en el rescoldo de la mediagua.
Celso se quedó mirando el sol a la cara, sin mayor esperanza y ahora sin miedo. El color rojo fue el más brillante y claro. Un color perfecto, como siempre lo había buscado. Cuando dejó de mirarlo, el sol se quedó allí, tras los párpados, aún más allá de esa noche. Era como si las cosas se le mostraran en sonidos, en rumores suaves, en músicas de agua. En contornos de colores como dibujados con su lápiz. Cuando salía hacia la escuela, pasaba por la laguna y en cuclillas tocaba con sus dedos la superficie del agua y ésta le devolvía la imagen fresca de los sueños nocturnos. Donde podía volar a voluntad y casi sin batir las alas. Donde también había aprendido a saber por qué seguía viendo los colores.
Había adquirido también una habilidad cierta. Cuando deambulaba para allá y para acá entre sus sitios preferidos, le parecía que no tocaba el suelo. De hecho dejó de usar sus viejos zapatones de cuero café y del número 39 que le había comprado su madre hacía tres años. Descalzo podía ir más rápido y las piedras del camino no le herían la planta.
Creyó que era por la falta de la vista y que a todos los ciegos les pasaba lo mismo, así que no se preocupó. Pero cuando su madre lo bajó una tarde de la altura tomándolo con fuerza de una mano, se dio cuenta de que era una cualidad recientemente adquirida y propia de él. Su madre lo tocó en el rostro, le palpó los ojos:
–Estás ciego, hijo mío, por Dios… –dijo, y lloró en convulsiones calladas, sin soltarlo de la mano.
–Y, además, vuelas – agregó con desconsuelo.
Flores del alba blancas. Dorado el chato sol y casi animal en su calor amarillo, cae de bruces sobre todo. Piedras de rosa y gris, patio multicolor, inacabable el desierto, suelo y horizonte pulidos por la rutina monótona. Celso junta piedritas para algo que no sabe. Echárselas a los bolsillos y volver a tener peso. Caminar de nuevo sobre la tierra mojada del otoño. Hoy se ha ido volando al norte. Ha pasado sobre el rumor de las ciudades y ha olido el humo y percibido el fragor de las maquinarias, los automóviles rodando, los grandes molinos de industria, las locomotoras arrastrando trenes interminables. Ha podido tocar las rectas paredes de los edificios, ha reconocido el cristal por el frío liso.
Ha habido también instantes largos de hambre. Pero ha podido sobrevivir gracias a la compasión y a los basureros. Ni los perros ni el viento lo han mordido. Cuando mira hacia donde avizora está el sol, ve el calidoscopio. Los colores formando laberintos, geometrías acrisoladas, variopintos paisajes. Celso no tropieza. No se ha estrellado con los acantilados de junto al mar, ni con los cables del tendido eléctrico, ni con las gentes. Así llega al desierto. Lo sabe por el hálito de arena salobre que respira por nariz y boca.
Cuando ha juntado un montón grande de piedras las ordena por tamaños. Las grandes son para la laguna. Para orillarla de caminos. Las pequeñas son para el altar de la iglesia. Para que allí, sobre piedras multicolores, se reflejen los rayos que suelen entrar furtivos por los vitrales pintados de arcoiris. Se alegra de ser un niño grande. De tener ojos con tonalidades infinitas dentro. Se pone a hacer cabriolas de contento sobre el dorado del gran desierto. Gira con movimientos imperceptibles de sus alas. Descubre por qué ve.
–Es porque Dios me quiere –piensa. León, su amigo, se le une en los saltos. Ve la carreta enorme con ruedas de hierro forjado bailando llena de piedrecitas de color. Ve el tren de su padre reptando verde y veloz hacia el sur. Ve la lluvia golpeando el vidrio del ventanuco de su dormitorio en invierno. Ve la estufa de acero refulgente y recién pulido por las manos de su madre en la vieja casa. Se ve a sí mismo sobrevolando los charcos infinitos. Ve a Dios, de barba blanca y azul túnica, saludándolo con bondad.
Está soñando.

12. BORRACHO PERDIDO

ERA UN TÍMIDO escritor, borrachín de las madrugadas del puerto y, en olores, hedía como el que más. En el mercado lo conocían años, desde profesor que olía a lavanda y vino de fresas y vendía poemitas breves a los transeúntes, los que hablaban un poco de amor y mucho de dolencias, dolencias graves como las de él. No menos tímido por más ebrio, pedía por favor los tragos, y aun cuando ya nadie compraba sus entelequias verseadas por lo rancias amén de amargas, muchos cantineros le daban igual el copón de chimiscol bigoteado de otros curagüillas más tempraneros o noctámbulos que él, en consideración a que lo sabían profesor y, más aún, poeta que escribía cosas de ellos, cosas reales.
El poeta tenía un libro. Un libro de verdad y alguien que una vez le soportó la amistad, un imprentero y lector viejo de todo lo que pasaba por sus ojos, quien lo olfateó talentoso, tomó esas hojas sucias, con grasa de sopaipas, con hollín de respiradero de hotel –caliente cama de los príncipes callejeros, donde también caía muerto de hambre y tragullo el escritor– las tomó, las transcribió sin quitar comas ni ponerlas, y un día de tincadas las envió a España a ese concurso grande, el de Azorín, ahí en Talavera de la Reina, donde premian sólo a los buenos, cosas que el imprentero sabía por esas aficiones que algunas personas tienen de indagar. El borrachín siguió tomando cuesta abajo en la rodada allí en el muelle y en los riñones mismos de los hoteluchos que parasitaban en torno al ferrocarril, donde respiraban los extractores sobre la calle, solaz para los cuerpos de los vagos, pungas y cocidos que pululaban disputando lugar a las ratas, los perros y sus respectivos parásitos. El amigo imprentero siguió en lo suyo y olvidó los versos del antiguo amigo, quien ya no lo fue en virtud de ese instinto que aleja de los borrachos y de los pedigüeños de moneditas, bazofia y miseria juntas en la que se iba convirtiendo el poeta, cada vez más solo y miserable en su jaula, cada vez más borracho de mierda, más perdido, al cual ya no necesitaba como amigo.
Cuando en España hubo que decidir, decidieron y al hombre que andaba en sus rumbos y ya no escribía porque ya no podía mantener derecho el lápiz ni cuerda la pensadora, lo premiaron como al mejor y eso que sabían de concursantes y, esta vez no más, habían leído a 1.151 poetas o seudo poetas del mundo hispanoamericano, a razón de 80 cuartillas cada uno como mínimo, según ellos mismos habían puesto como requisito. Pidieron datos del poeta, don Salambo Salazar Huerta, y nadie supo entregar la misiva porque no conectaron Salambo ni Salazar ni Huerta con “Diez Lucas”, “Borrachín de a Peso”, “El Cuntra”, “El Poeta”, esa hez arrastrándose por la madrugada de los muelles del puerto, curado hasta las masas ya y siendo las siete de la mañana recién. El imprentero ya no vivía en la dirección que anotó en el sobre y a los nuevos moradores nunca se les ocurrió dónde podían hallarlo aunque sí discurrieron sugerir que la entregaran a la biblioteca pública, que allí podían saber. La señora Ella Chziscke, la vieja bibliotecaria, recorrió el catálogo de escritores, 27.000 libros, 3.700 autores del país, setecientos de los últimos cinco años, 695 bodrios inapelables y ningún Salambo Salazar Huerta. O sea, tenía que ser un seudónimo o bien un aparecido de las letras, aventuró don Juanito Copihueique, hombre que no leía pero que escuchaba las conversaciones y se lo pasaba en la biblioteca por si encontraba allí a la “Liebre”, la muchacha de breve cintura y anchas caderas, joven y bonita estudiante universitaria que él pretendía en sus sueños. Juanito, lengua suelta, a la sazón auxiliar de la cocina de la Escuela Pública, se lo contó a Don Ronaldo director de la escuela quien de inmediato se fue donde doña Ella y luego de pedir “Memorias de una Pulga” y otros libracos como para justificar su visita a la biblioteca, preguntó al pasar por una carta que andaban diciendo habían mandado de España para un escritor que decían era del Puerto y a lo mejor él podía conocer. Sagaz don Ronaldo había preguntado primero a Copihuieique por Salambo, un tal Salambo que dicen que es Salazar; y un niño que jugaba a las canicas por ahí cerca, dijo casi gritando pero si ese era mi profe. Don Ronaldo pensó y dijo que había que dar fe al cabro porque éste venía de antes que él en la escuela y, repitiendo por cinco años seguidos el primero y un poco menos los otros cursos, así que tenía que saber. Así que con esos datos se fue a la biblioteca y doña Ella en virtud de su autoridad de Director de la Escuela Pública le leyó la carta. Los términos de ésta, fino intríngulis léxico para ese rústico director de escuela, más cercano al vate por los tragos que bebía subrepticiamente a diario en bares vecinales para aminorar comentarios que por el dominio idiomático, expresaban admiración y felicitaban al poeta, fundamentalmente por su conocimiento del alma humana, sabiendo expresar con belleza y descarnado realismo lo ruin y lo excelso, lo grande y lo nimio, rodeando al lector de una mágica ebriedad. ¡Era que no! Y, luego, lo hacía merecido ganador de una medalla con la efigie de Azorín, el gran Azorín, y de un cheque de $ 5.000.000 de pesetas, que el poeta debería recibir, lo que honraría a los Organizadores de tan magno evento literario, en persona, en la ceremonia etc, etc., a desarrollarse en Talavera de la Reina, España, el día..., etc. Habían enviado algunos ejemplares del libro, uno de los cuales le fue entregado al Director.
Don Ronaldo se fue derecho al muelle, dispuesto a hallar a Salambo, pensando más bien en el honor para la escuela el que un ex maestro recibiera tal premio, pero muy complicado respecto a cómo arreglar el asunto de la borrachera de Salazar.
En el muelle le dijeron que lo vieron por última vez en la mañana.
En la mañana también lo vieron por última vez los otros miserables borrachos que habían aguardado juntos a que abrieran los bares para apagar la primera sed.
Eran las once. Preguntarles a esa hora de sol era igual que nada. Todos dormían la primera vuelta en sueños profundos calentados por el astro rey, vaporosos bultos humeando alcohol y fetidez entre los cuales no reconoció al Poeta al que se lo habían descrito más enjuto que ninguno y siempre vistiendo un terno azul muy raído y además una corbata. Al puntapié en el trasero que les propinó don Ronaldo respondieron con un gruñido y siguieron en su mona de muertos irrecuperables.
Los perros lo habían visto también y a ésos para qué preguntarles.
Don Ronaldo se metió al “Cirus Bar”, que a esa hora estaba vacío. Preguntó al cantinero por el poeta a lo que éste contestó con un encogimiento de hombros y un debe andar por ahí si es que no ha muerto.
–¿Por qué? –curioseó don Ronaldo, echándole un ojo a la estantería de los vinos caros.
–Está enfermo. La rosita lo tiene en las cuerdas. Está hinchado como sapo y apenas levanta la botella. Hace tres días que no aparece por estos lados.
Don Ronaldo se quedó pensando en la botella verde, de cuerpo redondeado, que en el estante permanecía solitaria y llena de polvo. Pensó que, por el precio, era excesivo para bolsas modestas; entonces tomó una decisión.
–¡Una de Blanco! –pidió– ¡Y dos copas!
–Embotellado? –preguntó el cantinero.
–En cajita, no más –pidió don Ronaldo. Cuando se la trajeron llenó la primera copa hasta el borde y se la echó de un trago. Llenó tres cuartos la segunda, recordando decencias aprendidas. “¡Por el Poeta!” –dijo y se la mandó al seco también, saliendo luego del recinto sin despedirse del cantinero.
–¡Profesor, olvidó su libro! –le gritó éste. Pero don Ronaldo ya iba lejos, rumbeando semitambaleante hacia la escuela.